PINTURA GÓTICA FLAMENCA
Se desarrolla en Bélgica y Holanda llegando a un gran
desarrollo por el nivel económico de Flandes. La burguesía será la que impulse
la pintura en esta zona, y su carácter comercial hará que llegue a todos los
puntos de Europa.
Se inspira en las pinturas miniadas, en el Gótico
Internacional y algunos en la pintura Italo-Gótica. El detallismo y la
minuciosidad serán características en esta pintura, siempre guardando
proporción.
De igual forma que en Italia se desarrolla el
Renacimiento, en los Países del Norte aparece una renovación artística. Una
nueva clase social se hace dueña de los Estados: la burguesía. La banca y la
industria han iniciado este proceso de la revolución económica. El aumento de
la riqueza trae aparejada una creciente materialización de la vida. Lo positivo
se ha impuesto. No es de extrañar que en la pintura flamenca el objeto llegue a
alcanzar tan extraordinaria precisión. Este realismo va unido al modo de ser de
la clase burguesa afincada en las florecientes ciudades comerciales de Brujas,
Gante y Lovaina, enriquecida gracias a su trabajo.
El arte religioso es tratado como una forma de vida
ordinaria. Lo religioso es directamente accesible; la Virgen y el Niño no serán
sino seres de carne y hueso, pero preciosamente pintados. También hay evasiones
hacia lo macabro, terrorífico y truculento.
Una novedad técnica colabora en el éxito de esta
pintura: el óleo. Ya se había utilizado antes, pero sólo para pequeños
retoques.
Utilizan la pintura al óleo, lo que permitirá un
avance inmenso en la técnica de luces y sombras, el volumen y el colorido. El
óleo permite corregir, por lo que las pinturas serán más perfectas. Desarrollan
también gracias al óleo el estudio de las veladuras y transparencias en ropajes
y vidrio. Sobre el óleo se pone una capa de barniz para proteger la pintura.
El soporte es la madera que se deja secar por completo
para que no se abra, y sobre ella se aplica una capa de estuco o se coloca una
tela ligera.
La temática es muy variada, además de temas religiosos
muchos inspirados por los Evangelios Apócrifos, se generalizan los retratos y
los temas costumbristas. Son realistas, representan lo que ven, y muy
aficionados a los interiores, aunque cuando pueden abren el horizonte e
introducen paisajes de Flandes. Utilizan la perspectiva lineal que pone el
punto de fuga en el horizonte de la pintura.
Hay una gran armonía compositiva en las obras, con
perfecta distribución de las masas y de las figuras.
El óleo les permite estudiar el volumen, especialmente
en los pliegues de los ropajes, y con el uso de tonalidades también en los
cuerpos. Representan los paños en forma de zig-zag, con plegados amplios y
quebrados. Las figuras aparecen enfundadas así en ampulosos trajes de paños
amplios. También estudian los brocados: el oro y el terciopelo.
Se encuentran aceites que evitan disolver la capa del
fondo. Un paso adelante será la superposición de una capa de óleo sobre la
pintura al temple. Y definitivamente el procedimiento consistirá en pintar por
sucesivas capas de óleo, con arreglo al sistema de veladuras. Al ser el óleo
transparente, se puede ir gradualmente obteniendo la pintura mediante la
adición de capas. Permite, además, un dibujo más preciso, muy detallista. En
realidad es casi una miniatura sobre tabla. Generalmente una grisalla
constituye el fondo de una pintura flamenca. Los exteriores de las puertas de
los polípticos se dejan en grisalla, provocando un fuerte resalte. Se considera
a los hermanos Van Eyck como los descubridores de la técnica al óleo.
Los paños son convencionales, amplios, con un realismo
anguloso de formas durísimas, pero apropiadas para el estudio de la luz. Los
temas pertenecen al mundo de lo religioso. Pero los artistas flamencos nos dan
una interpretación casera de la religión: las escenas acontecen en confortables
viviendas de la burguesía flamenca, pequeñitas y con espaciosos ventanales.
Pero no será lo religioso el aspecto fundamental de
esta pintura, sino la escena de género: el artista añade mil detalles que nos
distraen y deleitan. Florece al mismo tiempo el retrato. Los burgueses desean
obtener imágenes reales a toda prueba de su persona. Ha surgido la emulación.
De ahí la objetividad del retrato, su parecido asombroso.
Juan Van Eyck (+1444) es quien abre esta escuela
flamenca. En medio de su carrera pinta su obra maestra: el Políptico de San
Bavón de Gante, terminado en 1432. Constituye un poema religioso de la
Redención. Cerrado, nos ofrece en la parte superior la Anunciación, en la parte
inferior San Juan Bautista y San Juan Evangelista, junto con los retratos de
los donantes. Abiertas las portezuelas aparecen doce tablas, presididas en la
parte superior por la Déesis: Cristo en Majestad, con la Virgen y San Juan; a
los lados ángeles cantores, músicos, Adán y Eva. La escena de abajo está
ocupada por el tema central: las muchedumbres que adoran al Cordero Místico
(tema apocalíptico) colocado en un altar, ante el que surge la fuente de la
vida.
El retablo revolucionó el ambiente en los Países
Bajos, decidiendo la suerte de una técnica y un estilo. La tercera dimensión y
un ambiente atmosférico se impondrán también en la pintura flamenca.
Crea un tipo de retrato religioso, en el que el
cliente y los seres divinos entablan una sacra conversación dentro de un
espacio irreal. En la Virgen del canciller Rolin observamos a un alto
dignatario, jurista y diplomático rezando en el reclinatorio de su capilla
doméstica delante de la Virgen que es coronada por un ángel, mientras al fondo
se abre un paisaje fértil serpenteando por un río. En la Virgen del canónigo
Van der Paele, el eclesiástico es presentado a María por San Jorge y San
Donaciano. En ambos, los donantes, arrodillados, constituyen retratos
soberbios, maravillando las riquísimas calidades de la piel.
Realiza también retratos aislados, de busto, y de
cuerpo entero, como el de los Arnolfini. El artista presenta en este cuadro una
escena doméstica del más tierno sentimiento en una habitación. Se aprecia la
tendencia a aumentar la ilusión ambiental de la pequeña pieza mediante el
espejo, recurso que hará inmortal Velázquez en las Meninas y para cuyo cuadro
éste es un antecedente.
Van der Weiden es el pintor más dramático de los
Países Bajos. Introduce, además, una preocupación por los sentimientos que le
aleja de la solemnidad hierática de los otros maestros. Estudia detenidamente
la distribución de elementos. Esto lo acredita en el Descendimiento del Museo
del Prado. Coloca un fondo de oro, recurso gótico inusual en los primitivos
flamencos, quienes prefieren el fondo paisajístico, para que el espectador
contemple sin detalles que le distraigan las emociones que expresan los rostros
de los personajes, especialmente el llanto silencioso de San Juan. La escena se
desarrolla en un ambiente cerrado, como si se tratase de un retablo
escultórico. Las diagonales de los cuerpos de Cristo y la Virgen contrastan con
la verticalidad de las restantes figuras mientras la flexión hacia el centro de
los personajes laterales encuadra en una especie de paréntesis el conjunto. El
capítulo de la retratística de este
pintor presenta una serie espléndida de retratos exentos (independientes del
retrato de los donantes de los retablos).
En el tránsito del XV al XVI se encuentran dos
célebres pintores que señalan nuevas conquistas de la pintura flamenca.
El Bosco (Jeroen van Aken, 1453-1516) es una de las
personalidades más originales. Sus cuadros tuvieron enorme aceptación en
España. Felipe II reunió una importante colección de cuadros que se guardan
actualmente en el Museo del Prado y El Escorial. Su temática favorita: la
debilidad humana, tan inclinada al engaño y a ceder a las tentaciones. La
cultura popular se convierte en una de sus fuentes favoritas de inspiración.
Los refranes, los dichos, las costumbres y leyendas, las supersticiones del
pueblo (La piedra de la locura) le dieron múltiples temas para tratar en sus
cuadros. Da a los objetos de uso cotidiano un sentido diferente y convierte la
escena en un momento delirante, lleno de simbolismos. Sus cuadros están
impregnados de un sentido de humor burlesco, a veces cruel, con la sociedad
mendaz y estúpida de su época. No ve a su alrededor más que lujuria y maldad;
el mundo es para él una farsa (Mesa de los pecados capitales). En rigor no
censura, no es un verdadero moralista, sino un cronista caricaturesco. Se comporta como un surrealista. Su obra más
ambiciosa es el tríptico El jardín de las delicias, que ha suscitado diversas
interpretaciones. En el Carro de heno, símbolo de los placeres prohibidos, su
crítica alcanza desde los grandes de la tierra a todos los sectores del pueblo.
En las tablas laterales, como en el Jardín de las delicias, coloca a la
izquierda la creación del hombre, y a la izquierda las escenas apocalípticas
del juicio.
Joaquín Patinir (1480-1524) es el mayor paisajista de
Flandes en estos tiempos. Aprende de El Bosco la visión sintética de la
naturaleza, los efectos luminosos que resuenan en la lejanía. El paisaje de
Patinir es ordinariamente puro; en él encajan unas pocas figuras humanas. El
artista quiere acercarse a la naturaleza, para lo que precisa alejarse de los
consabidos temas religiosos. El tema religioso es solo un pretexto para pintar.
Es un paisaje integral, de tierra y cielo, incluso de mar a veces. El espacio
va jalonado por bosquecillos, peñascos puntiagudos y nubes. Es un paisaje
idealista, coloreado con tonos deliciosos. Todos estos elementos son visibles
en La laguna Estigia.
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